En Santiago de Chile reunimos a rectores, vicerrectores académicos, CIOs y líderes de innovación de universidades de Chile, Argentina, México y otros países de la región, como parte de nuestra serie de mesas redondas “De la promesa a la práctica: la inteligencia artificial en la educación superior”, que ya está recorriendo distintas ciudades de América Latina.
Más allá del contenido, lo más valioso de la conversación fue su recorrido: empezó hablando de herramientas y políticas, y fue evolucionando hacia un lugar mucho más profundo. Ese giro puso en el centro de la mesa un cambio en las preguntas que se hacían los participantes. La pregunta dejó de ser cómo usamos la inteligencia artificial, y pasó a ser otra, mucho más trascendente: qué significa seguir siendo humanos en esta era.
Lo que sigue haciendo valiosa a una universidad
Durante siglos, la universidad cumplió un rol claro. Guardaba el conocimiento y lo transmitía. Ese conocimiento tenía valor porque era escaso. Hoy, un estudiante puede pedirle a un modelo que le explique una teoría compleja, que resuma un libro, que programe algo o que analice datos, y lo tiene en segundos. En la conversación coincidimos en algo importante: si el verdadero valor ya no está en tener información, la pregunta que vale la pena hacerse es qué es lo que realmente sigue haciendo valiosa a una universidad.
En la mesa surgió una idea que resumió muy bien ese momento: la inteligencia artificial genera el examen, la inteligencia artificial lo responde, la inteligencia artificial lo corrige. Entonces, ¿dónde está el ser humano en todo eso?
Para nosotros, esa no es una pregunta retórica. Es la que debería estar guiando cualquier decisión que una institución tome sobre inteligencia artificial hoy.
La IA no reemplaza el criterio, lo vuelve más necesario
A lo largo de la historia ha habido una oposición entre tecnología y humanismo, como si hubiera que elegir un bando. Lo que se discutió en Santiago de Chile fue distinto. La inteligencia artificial no está eliminando la necesidad de formación ética. La está haciendo más urgente. Porque entre más poderosa es una herramienta, más importa el criterio de quien la usa.
Esa es la paradoja central. Entre más sofisticada se vuelve la tecnología, más importan justamente las cosas que solíamos llamar habilidades blandas. El poder de la herramienta no le quita valor al juicio humano. Lo convierte en lo único que realmente marca la diferencia.
5 capacidades que no se automatizan
De esta conversación salieron cinco capacidades que, lejos de volverse obsoletas, se vuelven más importantes que nunca.
- Pensamiento crítico, porque alguien tiene que poder cuestionar una respuesta generada por IA en lugar de aceptarla solo porque suena bien.
- Juicio, porque hay que saber cuándo confiar en el sistema y cuándo no, y esa termina siendo la habilidad profesional definitoria de esta época.
- Ética, porque las consecuencias de una decisión crecen al mismo ritmo que el poder de la herramienta que se usó para tomarla.
- Ciudadanía, porque hace falta entender el impacto social de sistemas que hoy median decisiones colectivas.
- Responsabilidad, porque hay cosas que no se le pueden delegar a un algoritmo.
Ninguna de ellas se automatiza. Y según lo que discutimos en la mesa, son justamente las que van a definir qué tan bien preparada está una persona para trabajar y vivir en los próximos años.
Ni dependientes ni desconectados
La conclusión apunta a un equilibrio claro: formar profesionales capaces de trabajar junto a la inteligencia artificial y aprovechar todo lo que puede ofrecer, sin depender de ella para pensar o decidir por sí mismos.
Lo que buscamos es un perfil híbrido. Personas capaces de entender sistemas complejos, de ejercer juicio propio, de adaptarse todo el tiempo, y de colaborar con la inteligencia artificial en lugar de competir con ella o esconderse de ella. Ese es el camino intermedio entre dos extremos, y probablemente el objetivo más honesto que una universidad se puede plantear hoy.
La conversación en Santiago de Chile terminó con una pregunta poderosa: ¿qué tipo de personas queremos formar cuando ya casi todo se puede automatizar? El equilibrio es parte de la respuesta, pero más que una conclusión cerrada, es una pregunta que sigue abierta y que de verdad importa. Por eso en D2L trabajamos a diario junto a las instituciones, para ayudarlas a responder y a actuar con confianza en la era de la IA.
Muchas más instituciones en la región están resolviendo el reto de adoptar IA con propósito. Los invitamos a conocer los insights de nuestras distintas mesas redondas, como la de Lima, y muy pronto las de Colombia y Ciudad de México.