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En una inundación, no es el mejor momento para aprender a nadar: Cómo enfrentar la crisis del Covid 19

  • 3 Min para leer

Las escuelas de hoy–sin importar dónde se encuentren en su propio viaje–necesitan crear resiliencia y sostenibilidad.

Es difícil de creer que ha pasado un año desde que la pandemia COVID-19 comenzó. Parece que fue hace una eternidad que estaba leyendo algunas de las primeras noticias y diciendo a colegas y amigos “Esto suena muy mal.” Ahora es casi imposible recordar cómo era la vida antes — mientras que al mismo tiempo, COVID-19 sigue teniendo enormes implicaciones para nuestro futuro que aún no podemos entender por completo.

Hace algunas semanas, tuve una videollamada con David Harpool, el presidente de Northcentral University en San Diego, California, para hablar sobre las formas en que las instituciones de educación superior han estado lidiando con las perturbaciones del año pasado—desde los estudiantes siendo incapaces de atender a clases en persona, la escases sin precedentes de estudiantes internacionales y su consiguiente impacto en los ingresos, hasta desafíos de mantener y expandir una infraestructura tecnológica para gestionar una gran cantidad de cambios.

“La cosa es” dice Harpool, “durante una inundación, no es el mejor momento para aprender a nadar. Comenzamos a incursionar en el aprendizaje en línea y a probarlo hace 25 años. No fue mucho al principio—se basó principalmente en correo electrónico, chats y tal vez algunos foros de discusión—pero la voluntad de explorar el aprendizaje en línea significo que estábamos listos para este tipo de crisis. De hecho, hemos crecido casi un 20% durante este año.”

Para Harpool y Northcentral University, esto significó comenzar con una pedagogía para el aprendizaje en línea. Dice que, si bien es comprensible que muchas instituciones simplemente hayan tomado lo que hacen en el aula y se hayan apresurado para ponerlo en línea, eso no es lo ideal. Una mejor manera de hacerlo— y la ruta que eligió Northcentral hace años— fue reclutar y capacitar a profesores que estuvieran completamente comprometidos en usar tecnología para enseñar. Después de tratar de reconstruir la tecnología para apoyar la pedagogía por si mismos durante varios años, comenzaron a hacerse una pregunta fundamental: “¿Cómo podemos apoyar mejor todas las formas de comunicación para que nuestros profesores y estudiantes utilicen su forma preferida de comunicarse y aprender?”.

“Sabíamos que tener un gran socio tecnológico nos ayudaría a recuperar cierto control en un mundo que rápidamente se definió por la incertidumbre. Porque la tecnología, o al menos la tecnología adecuada y el socio que la respalda, pueden generar certeza para los alumnos”, dice Harpool. “Y así encontramos a D2L. Y a manera que utilizamos la plataforma Brightspace y nos asociamos con D2L, nos llevó al siguiente paso, que ahora es que hemos incorporado evaluaciones de aprendizaje para descubrir qué tan efectivos somos. Sin embargo, para construir esa base, construimos todo lo que hicimos intencionalmente en línea; no pasamos de “no tener nada” a estar “en línea” durante una crisis.”

Veo que la mayoría de las universidades crean lo que llaman su plan de gestión de crisis, que en realidad no es más que usar la tecnología para tomar lo que están haciendo ahora y ponerlo en línea. Y luego, las universidades reflexivas están diciendo: “Bien, ahora necesitamos una estrategia real hacia el aprendizaje en línea que se base en la pedagogía y en el profesorado y plan de estudios adecuado—desarrollados en un sistema de gestión del aprendizaje”.

El siguiente paso, explica Harpool—y esto es cierto para todas las instituciones, sin importar en qué punto se encuentren dentro de su trayecto de moverse en línea—es crear resiliencia y sostenibilidad.

“Las universidades se están dando cuenta de que no se puede simplemente construir un edificio nuevo cada vez que se desea aumentar la capacidad. Simplemente no es realista. No se pueden construir los edificios lo suficientemente rápido para satisfacer la necesidad de la educación superior”, dice Harpool. “Un sistema de educación superior resistente y sostenible tiene que ser rentable. Pero también debe ser accesible y asequible; simplemente no es realista para la mayoría de las personas trabajadoras con niños dejar todo e ir a la escuela durante dos años. Algunas personas tampoco pueden pagar el costo de vida de California mientras van a la escuela.”

La tecnología, él dice, está cambiando eso.

“Definitivamente hace que sea más fácil y menos costoso hacer las cosas”, dice Harpool. “Eso, a su vez, nos permite abordar el problema de los costos. Todo esto significa que vivimos en un momento único en la historia de la educación superior. Y cuando enseñemos educación superior dentro de 50 años, miraremos hacia atrás a este momento y descubriremos que aquí es donde ocurrió el cambio tecnológico en la educación superior”.

El futuro, dice Harpool, es una mezcla de la triste realidad de las presiones financieras que se ciernen sobre las escuelas y la esperanzadora posibilidad de nuevas asociaciones y formas de financiar la educación.

“Probablemente perdamos al menos 50 universidades este año—instituciones que cerrarán porque se niegan a adaptarse a nuevas metodologías y no tienen la capacidad de evaluar y adoptar nuevas tecnologías educativas”, dice Harpool. “Tampoco será ‘una talla única’ en el futuro de la educación superior. Veremos diferentes modelos para diferentes sectores del mercado. Porque las necesidades de una mujer de 50 a 60 años que cría a sus hijos sola con un trabajo y quiere obtener una maestría son diferentes a las de una mujer de 24 años que viene directamente de una licenciatura.

“Por otro lado, habrá cierta flexibilidad en la educación superior en el futuro que no hemos tenido. Y creo que veremos a las universidades trabajando más de cerca con socios para reducir los riesgos y los costos y para permitirse seguir el ritmo de la tecnología. Un socio, digamos, como D2L.”

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